¿Cómo es que logra la música de otro tiempo, creada para oídos de una afectividad distinta a la nuestra, conmovernos tan profundamente?

Esta pregunta surge de mi experiencia con la extraordinaria película de Alain Corneu Tous le matins du monde.

En ella nos encontramos con un compositor del siglo XVII sumido en la tragedia, Monsieur de Sainte Colombe; con sus hijas, con su discípulo Marin Marais, con sus recuerdos, pero sobre todo con su música, que es la gran protagonista.

En realidad no es sorpresa enterarnos de que estos personajes existieron, y de que las composiciones para viola de gamba que escuchamos son en efecto de Sainte Colombe, un compositor de quien hoy conocemos muy poco pero cuya música no deja de maravillarnos.

No se sabe mucho más sobre la vida Monsieur de Sainte Colombe, y no es propósito de este ensayo ahondar en su biografía.

Sin embargo, me parece importante mencionar que se le reconoce a él el perfeccionamiento de la viola de gamba francesa a mediados del siglo XVII, entre otras razones por aumentar la séptima cuerda del instrumento, así como por, en palabras de François Lesure, “son beau port de main qui a donné la dernière perfection à la viole en permettant d’imiter les plus beaux agréments de la voix.”


Es conocida, por ejemplo, la enorme admiración que le tenían músicos de su época como Hotman, Jean Rousseau, autor del Traité de la viole (1687), y Danoville, quien en su Traité por toucher le dessus et la base de viole (1687) lo llamó el “Orphée de nostre temps.”[4] De esto, sin duda, lo que más me interesa es la declaración que hace Lesure.

Para el teórico musical Marin Mersenne eran estas posibilidades expresivas de la viola de imitar la voz humana lo que le daban su valor:

si los instrumentos se valoran en función del que mejor imita la voz humana y si, de entre todos los artificios, se prefiere el que mejor representa lo natural, parece que no deberíamos rechazar la contribución de la viola, que imita la voz en todas su modulaciones e incluso en los acentos más significativos de tristeza y alegría: porque el arco que crea el efecto del que hemos hablado es casi tan largo como una respiración normal de la voz, de la que puede imitar la alegría, la tristeza, la agilidad, la dulzura y la fuerza por su vivacidad, por su languidez, por su velocidad, por su ligereza y por su apoyo; del mismo modo que los trémolos y las caricias de la mano izquierda, llamada mano de mástil, representan, ingenuamente, el porte y los encantos.

Monsieur de Sainte-Colombe

Nacido hacia 1640 y muerto hacia 1700, también conocido como Jean de Sainte-Colombe, fue un compositor y destacado violagambista francés. Maestro del también famoso violagambista francés Marin Marais.

Su familia habría sido originaria del sudoeste de Francia.

Se conocen pocos detalles de la vida de este compositor: ni el nombre de sus padres ni las fechas exactas de su nacimiento y muerte, si bien las investigaciones más recientes permiten descubrir que su nombre de pila habría sido Jean —otras fuentes mencionan el nombre de Augustin d’Autrecourt, Sieur de Sainte-Colombe— y que habría tenido como profesor al tiorbista y violista Nicolas Hotman.

Tenemos noticias de su talento gracias a sus alumnos, entre los que se encuentran Danoville, Jean Desfontaines, Marin Marais, Pierre Méliton y Jean Rousseau.

Es probable que hubiera sido el introductor de la séptima cuerda de la viola.

Tanto en la novela original de Pascal Quignard como en la película homónima de Alain Corneau, Todas las mañanas del mundo, se le presenta como un hombre austero y alejado del ambiente de la corte francesa.

Información extraída de Wikipedia y escrita por Alejandro López Sandoval

7 comentarios en «Monsieur de Sainte-Colombe»
  1. Mis queridos amigos de Música Antigua, quiero reproducir aquí íntegro, idéntico comentario al que incluí en otra entrega sobre Sieur de Sainte-Colombe publicada en días recientes. Y es que la personalidad del referido es para mí tan cautivante, que sólo puedo expresarme en los mismos términos. He aquí:

    ***

    El gran misterio que nubla nuestros ojos al conocimiento de la personalidad de Monsieur de Sainte-Colombe no debe, empero, ser obstáculo para acceder a estados superiores de conciencia y profunda meditación a través de su música, donde en palabras del insigne escritor Hermann Hesse, es posible anular el tiempo y así escapar a la ley de la necesidad que oprime la existencia humana. En todo ello reside un algo magnífico a la vez que enigmático.

    Soy de la opinión que es un completo error del hombre moderno, su perniciosa tendencia a rechazar los estados de tristeza, producto de ambientes lúgubres, silenciosos, oscuros y huraños. Y es que nada de lo que he mencionado dentro de ese gran universo de «tristeza» es realmente comprendido por la sociedad actual. Es imposible conocer la auténtica felicidad y llegar a ella, sin antes pasar por la auténtica melancolía. La luz que se jacta de viajar más rápido que cualquier cosa, se sorprende siempre al comprobar que la oscuridad ha llegado primero a todas partes, con el único fin de conferir sentido y razón a todo lo así llamado luminiscente. Hay en todo ello un secreto filosófico cuyas leyes fundamentales sólo son para los «locos puros».

    ¿Cómo hallar el camino si no es a través de la sombra, rodeados de silentes rostros que sin embargo aúllan en la propia oscuridad? Efecto de risas y mofas habrán de producir aquellos que, ufanándose de conocer el sentido de la alegría y la felicidad, rehúyen de la tristeza y la melancolía en donde residen las más inquietantes cuestiones filosóficas del Sí Mismo, causa de espanto para las mentes cobardes. Todo el Universo y el sentido de la vida descansan sobre dos pilares fundamentales, opuestos el uno del otro, de contratipos complementarios en masculino y femenino, seco y humedecido, bien y mal, luces y sombras. Ninguna pieza del conjunto puede ser movida sin alterar a las demás en el gran concierto cósmico. De ahí que jamás habrá de alcanzarse del estado de plenitud en la alegría sin conocer las regiones yermas de la más absoluta tristeza y ausencia. Sin su par inevitable, la alegría tan sólo es un profundo pozo de vacuidad, simpleza y grotesca vergüenza. Para que un árbol alcance con sus copas el firmamento, deberá primero hundir sus raíces en el Hades.

    La música antigua está dotada de esa maravillosa capacidad de albergar el juego de las luces y las sombras.

    Monsieur de Sainte-Colombe hace en mí el efecto de una especie de mago musical, y mi intuición me dice que tras las notas misteriosas de su viola da gamba, se encierran abstrusos misterios alquímicos. ¿Acaso no sería él un auténtico alquimista de los sonidos, un Adepto que a través de la música, procuró alcanzar la Gran Obra? Bueno es meditarlo en el más completo silencio de un frío aposento, allí donde las voces del arquetipo son escuchadas con los oídos del alma.

    Un cálido, a la vez que frío sentir colmando la estancia.

    VON PAIXAO.

    1. VON PAIXAO

      No puedo si no descubrirme ante tu reflexión, creo que has sido capaz de expresar algo muy difícil ya que el poder de transmutación de la música es algo que tan sólo se puede experimentar. Por supuesto que los grandes maestros (pintores, músicos, escritores…) integraron ese conocimiento ancestral en sus obras, catalizadores espirituales que nos conectan y amplifican nuestros sentidos interiores, los únicos que nos permiten acceder o, al menos, intuir, la auténtica realidad que trasciende la contingencia de la materia, al fin y al cabo, todo es vibración.
      Un saludo,
      Sara.

  2. «¿Cómo es que logra la música de otro tiempo, creada para oídos de una afectividad distinta a la nuestra, conmovernos tan profundamente?»

    Creo que es errado pensar que la afectividad de otras épocas era distinta a la actual. Su expresión si, es distinta. Por eso la música de otro tiempo logra conmovernos tan profundamente, porque compartimos la afectividad»

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