Escribe Maricarmen GÓMEZ MUNTANÉ («La Música Medieval en España», 2001): «Tiempo antes de que se impusiese la liturgia romana, en el occidente europeo se practicaban al menos cuatro ritos con sus correspondientes cantos:

– uno era el canto propio del rito franco-romano, practicado en territorio de los francos,
– en la ciudad de Roma, y hasta fines del siglo XII, estuvo en uso el denominado viejo canto romano,
– en Milán y en las diócesis de ella dependientes el canto practicado fue el de la liturgia ambrosiana,
– y en la Península Ibérica y la Galia narbonense el de la liturgia visigoda, denominado por unos viejo canto hispano y por otros canto mozárabe por razones derivadas de su historia.

A partir del siglo VIII el rito franco-romano se fue imponiendo a todos los demás, al tiempo que su canto se convirtió en el oficial de la Iglesia de Roma tomando el nombre de gregoriano.

EL VIEJO RITO HISPANO

El rito hispano, cuyos orígenes se remontan a la segunda mitad del siglo IV, adquirió su configuración definitiva en el Concilio IV de Toledo, celebrado en el año 633 bajo la presidencia de Isidoro de Sevilla. Entre sus cánones destaca de forma especial el segundo, en el que se lee (traducción del latín):

«Asi pues en toda España y en la Galia narbonense sea mantenido por nosotros un mismo orden de oración y de canto, y un sólo modelo en los ritos de la Misa y los Oficios vespertino y matutino».

Antes de la celebración de este Concilio sa habían producido otros intentos de unificación litúrgica a nivel local […] No obstante el primer acuerdo que obtuvo el consenso unánime fue el alcanzado en Toledo en el año 633, propiciado por la conversión al catolicismo de Recaredo I, rey de los visigodos, en el año 589.

Con ello se puso fin al enfrentamiento existente entre la población hispano-romana, que era católica, y una parte de la visigoda, que profesaba el arrianismo, lo cual había constituido hasta entonces un considerable obstáculo para la eficaz gobernabilidad del territorio hispano.

A la formación de su repertorio se dice que contribuyeron destacados Padres de la iglesia visigoda, empezando por San Leandro (+ 600), arzobispo de Sevilla; San Ildefonso de Toledo (+ 667); San Julián (+ 690), arzobispo de Toledo; Conantius (+ 639), obispo de Palencia; y Juan, obispo de Zaragoza.

El Antifonario de León atribuye a Rogatus de Baeza cierto canto, y otros a San Isidoro, San Ildefonso y San Julián de Toledo.

La labor creadora asignada a estos y otros personajes venerables no quita que el viejo rito hispano diese cabida en su seno a piezas procedentes de ritos ajenos, en especial del franco-romano, debido a las fluidas relaciones entre la Galia y el reino visigodo anteriores a la invasión musulmana de la Península Ibérica.

El repertorio litúrgico hispano se conserva en manuscritos posteriores a la invasión, que dió comienzo en el año 711 con la célebre batalla de Guadalete, y culminó con la ocupación de la actual Cataluña (716-719) y de la Septimania visigótica (725).

Rebelados contra los musulmanes invasores, los astures iniciaron de inmediato un lento proceso de recuperación del territorio hispano, cuyo punto de partida fue la batalla real o simbólica de Covadonga (718?).

Su primer logro importante fue el traslado de la capital de Oviedo a León durante el reinado de Alfonso III (866-910), en cuya corte surgió la idea de una restauración de la Hispania cristiana, impulsada por los emigrantes mozárabes.

Con este nombre eran conocidos los cristianos que residían en territorio musulmán, entre los que pervivió la conciencia de lo que otrora fuera el reino visigodo gracias a haber conservado muchos de sus signos de identidad, entre ellos la práctica de su antiguo rito litúrgico.

Restaurar la Iglesia de Toledo, residencia de los monarcas visigodos desde el siglo VI, se convirtió en objetivo primordial de los monarcas leoneses, que para ello contaron con la importante ayuda de los obispados y sobre todo de los monasterios.

Ello no significa que en Toledo dejase de practicarse nunca el viejo rito hispano, tolerado por los musulmanes en todos los territorios por ellos ocupados.

Los centros monásticos más importantes del reino leonés así como los del vecino reino de Navarra […] pertenecieron a la orden benedictina […] Entre ellos sobresalen el monasterio de San Millán de la Cogolla – monasterio de Suso -, fundado en el siglo X, que pronto se convirtió en un importante centro producctor de manuscritos […] Le sigue en importancia el monasterio benedictino de Silos, fundado a mediados del siglo X por el conde Fernán González y renovado por el abad Domingo Manso, monje de San Millán (+ 1073) […] De éstos y otros monasterios como el de San Juan de la Peña, proceden muchos de los manuscritos litúrgicos del rito hispano-mozárabe.

Los principales libros para la celebración de la Misa del rito hispano son:

– «Liber commicus», que contiene las lecturas,
– «Liber missarum» o «Manuale», que contiene las oraciones del sacerdote.

Y en el Oficio se usaba:
– «Psalterium»
– «Liber canticorum»
– «Liber hymnorum»
– «Liber orationum» u «Orationale»

Los cantos de la Misa y del Oficio se recogen en el «Antiphonarium».

El «Liber misticus» reune, por su lado, los textos necesarios para la celebración del Oficio y de la Misa de todas las festividades del año litúrgico y del calendario.

Las horas del Oficio propias de los monjes aparecen en el «Liber horarum», y el orden de la administración de los sacramentos y de las bendiciones en el «Liber ordinum».

Si el viejo rito hispano estuvo vigente en Castilla y León hasta el año 1080, en que fue oficialmente sustituido por el franco-romano, en la Septimania y en Cataluña la sustitución se produjo tres siglos antes debido a su progresiva incorporación al reino franco.

No obstante, y de forma excepcional, seis parroquias y algunas iglesias mozárabes de Toledo siguieron con la práctica del rito hispano una vez que la ciudad fue arrebatada a los musulmanes (1085).

En tiempos del cardenal Cisneros, arzobispo de Toledo (1495-1517), aún seguía vigente; consciente de su importancia, éste se esforzó por restaurarlo, para lo cual fundó la capilla del Corpus Christi en la catedral toledana dotándola de dos libros, un «Missale mixtum» (Toledo, 1500) y un «Breviarium» (Toledo, 1502), elaborados según el rito hispano-mozárabe.

Su preparación corrió a cargo del canónigo Alonso Ortiz, que si por un lado tuvo que tener en cuenta la tradición oral, por otro se sirvió de fuentes manuscritas procedentes sobre todo de la parroquia de las Santas Justa y Rufina de Toledo; estas fuentes habían sido elaboradas según la que Dom Pinell denominó tradición B de la liturgia hispana, considerada por algunos más antigua que la tradición A, que es a la que pertenecen la mayoría de los manuscritos conservados.

Gracias al cardenal Francisco de Lorenzana, a fines del siglo XVIII el rito de la denominada capilla mozárabe de la catedral de Toledo recibió un nuevo impulso, lo que facilitó su pervivencia hasta el presente aunque de forma muy adulterada.

Una parte sustancial de los manuscritos que contienen el repertorio litúrgico hispano-mozárabe procede de tierras de León y la Rioja, y la otra, que es menor, procede de Toledo.

Entre los manuscritos leoneses el más célebre es el «Antifonario de León» (Arch. capitular, Ms 8), fechado en el siglo X, uno de cuyos primeros propietarios fue el abad Ikilanus (917-960) […] Contiene completa la música para el Oficio y el Propio de la Misa de las fiestas del Señor y de los Santos, seguida de Oficios y Misas para el Común de los Santos […]. Se trata del manuscrito más completo de cuantos transmiten el repertorio litúrgico hispano-mozárabe y a la vez uno de los más bellos.

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Canto mozárabe – Miserere, miserere

Intérpretes: Schola Antiqua de España.
(http://www.scholaantiqua.com/)

Letra (Archivo PDF)

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Canto Mozárabe – «Pater noster»
Esta versión forma parte de la tradición castellano-leonesa de Silos. Interpretado por el Coro de Monjes de Santo Domingo de Silos.

Letra (Archivo PDF)

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Tras la conquista musulmana de la península Ibérica en 711, la originalidad de la liturgia hispánica y del canto a ella asociado se ve extrañamente salvaguardada, tanto en los núcleos cristianos que quedan aislados al norte, como en las comunidades cristianas que permanecen bajo dominio musulmán.

La progresiva presión sobre esta población cristiana provoca un creciente movimiento migratorio hacia el norte.

El traslado de esta población y la creación de nuevos asentamientos mozárabes en zona cristiana crea dos tradiciones litúrgicas y musicales que evolucionan diferentemente:

– La tradición toledana, más conservadora, en territorio musulmán.
– La tradición castellano-leonesa, con importantes centros en los principales monasterios mesetarios: Frómista, Silos, Sahagún; y en catedrales como León, Oviedo, Pamplona y Burgos.

Escribe EMILIA FERRIZ LOZANO («La Música en la primitiva iglesia hispánica«, 2009) : «La música de la liturgia hispánica se nos ha transmitido en una colección muy importante de manuscritos, cuya fecha podemos situar entre los siglos X y XII.

Desgraciadamente, los neumas utilizados en estos códices están escritos «in campo aperto», es decir, sin precisar la posición tonal o melódica de los sonidos en la escala de manera absoluta. Por esto, la transcripción de esta música en notación moderna se hace muy difícil.

Un estudio minucioso de los manuscritos conservados hoy, nos permite establecer dos grupos importantes que representarían otras tantas tradiciones litúrgicas y musicales distintas: una en el Norte, llamada tradición A; y otra en el Sur, llamada tradición B.

A diferencia del Canto Gregoriano, cuyos testimonios manuscritos son abundantísimos, sólo un códice completo con música hispánica ha llegado hasta nosotros para uso exclusivo del cantor: el Antifonario de la Catedral de León.

Los restantes códices con notación musical son fundamentalmente litúrgicos y escritos para ser utilizados tanto por los celebrantes como por el cantor, lo que plantea dudas sobre la función de los cantos en el acto litúrgico […] «.

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Canto mozárabe – «Gloria»

Antifonario mozárabe de León (año 1069), copia de otro antifonarío de la época del rey Wamba, año 662.

Letra (Archivo PDF)

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LOS CANTORALES DE CISNEROS

Fueron mandados confeccionar por el Cardenal Jiménez de Cisneros (1436-1517), para uso de la capilla mozárabe del Corpus Christi en la Catedral de Toledo, con el objetivo de asegurar la supervivencia del rito hispánico entoces en vías de extinción.

La realización corrió a cargo del canónigo Alonso Ortiz, cuyo trabajo fue considerable tanto en el orden de los textos como en el de la música. Respecto al dominio textual, conocemos perfectamente las fuentes utilizadas pero, en el campo musical las ignoramos por completo.

Los mozárabes habían conservado en sus viejísimos códices visigóticos un sistema propio de notación musical, que carecía de pentagrama y de clave musical, que no ha podido ser transcrito en notación moderna.

Los códices se copiaban unos de otros y los más tardíos procuraban imitar la escritura musical del modelo.

El origen de esta música procedía de los padres visigodos del siglo VII.

Durante la invasión musulmana los mozárabes toledanos mantuvieron tenazmente su tradición y lo mismo hicieron bajo el dominio de los reyes cristianos.

El apego de los mozárabes a su herencia cultural les impidió adoptar la escritura musical introducida en occidente por Guido de Arezzo en el siglo XI.

Llegado a la sede toledana, Cisneros encargó a un grupo de expertos la revisión de la música, tal vez con la idea de darla a conocer por medio de la imprenta. Fruto de los trabajos de aquella comisión fueron cuatro magníficos cantorales manuscritos, copiados a principios del siglo XVI.

Los textos litúrgicos se agruparon en dos libros, impresos por orden del cardenal Cisneros:

– el «Missale mixtum secundum regulam beati Isidori» de 1500.
– el «Brevarium Gothicumk» de 1502.

El misal incorpora el Liber omnium offerentium (también llamado cantoral D) que comprende las fórmulas y cantos de la música con el ordinario de la misa mozárabe.

Esto es muy interesante debido a las relaciones encontradas con los recitativos de otros ritos muy antiguos. Reflejan un estadio de composición muy primitivo.

Los cantorales contienen únicamente las piezas musicales en notación mensural.

Poseen el tamaño para ser colocados en un facistol de dimensiones regulares y no llegaron a imprimirse.

Son tres:

– el temporal, o cantoral A, que contiene los cantos propios del tiempo;
– el santoral, o cantoral B, con los cantos de las fiestas y del común de los santos;
– el de Laudas o cantoral C, con el oficio de difuntos.

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OFFICIUM: ALLELUIA, ORTUS CONCLUSUS – «Cantorales de Cisneros» (S. XVI).
(«Cantorales de Cisneros», Cantoral B, (Santa Eulalia), folio 108, Catedral de Toledo).

Intérprete: Ensemble Organum – Director: Marcel Pérès.
Imágenes: Catedral de Toledo (España).

Letra (Archivo PDF)

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Canto Mozárabe – Gratias Dei Patris («Missale mixtum secundum regulam beati Isidori» (1500), y Cantoral B de Toledo, fol. 5)

Intérprete: Ensemble Organum – Director: Marcel Pérès.

Letra (Archivo PDF)

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Enlaces:

http://es.wikipedia.org/wiki/Canto_moz%C3%A1rabe

http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/26/58/11asensio.pdf

http://www.hispanomozarabe.es/musica/art-04.htm

Artículo escrito por Camilo López García

Un comentario en «El Viejo Rito Hispano: El Canto Mozárabe o hispano-visigótico»
  1. La ejecución de Ensemble Organum me ha llamado la atención. ¿Podría ser tan «orientalizante» el canto? Por lo demás, no creo que lo oriental en ésto fuese «islámico» simplemente, no sé si me explico. Pero me evoca las verdaderas diferencias sonoras con lo «occidental» que se señalan en el texto de la entrada. Un saludo.

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