La idea de confiar un monográfico Bach a la Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría y su director musical, el pianista Zoltán Kocsis, no ha funcionado todo lo bien que cabe esperar en un ciclo del prestigio de Ibercamera.

No se trata de tocar bien o mal, sino de hacer que la música de Johann Sebastian Bach suene con frescura, inventiva y efervescencia barroca.

Y en su lugar, los músicos húngaros sirvieron un Bach con sobrepeso, falto de gracia, sin la ligereza ni vivacidad rítmica que precisa la música barroca para seguir sonando barroca aunque no se utilizen instrumentos de época.

Ya en la primera obra del programa, el Concierto de Brandemburgo núm. 1 en fa mayor, Kocsis, eminente pianista e intérprete de referencia en Bela Bartók, mostró una concepción del estilo barroco que parecia salida del túnel del tiempo.

Un Bach que sonaba anquilosado, no por falta de pericia técnica en los atriles —la formación húngara es excelente en otros repertorios—, sino por un concepto trasnochado.

Así sonaban las orquestas de la Europa del Este en los años cincuenta cuando tocaban Bach, con ese toque funcionarial y severo que un par de décadas después fue borrado del mapa por el movimiento interpretativo con instrumentos de época y criterios historicistas liderado por maestros como Leonhardt, Harnoncourt, Frans Brüggen, Jordi Savall y Ton Kopman.

Con instrumentos de época, o convencionales, Bach ya no puede tocarse hoy de forma tan aburrida.

Las cosas funcionaron algo mejor en la versión del Concierto para piano núm. 5 en fa menor, BWV 1056, con Kocsis como solista y director; apenas diez minutos, con cierto encanto en la interpretación del Adagio, servido con delicadeza y suaves acentos. Como es un estupendo pianista, su actuación como solista supo a poco y nadie acababa de entender las razones por las que Kocsis, empeñado en recordar con este programa los orígenes bachianos de su primera gira por España, hace tres décadas, no tocó más el piano, librándonos, por ejemplo, de una insípida lectura del Concierto para violín en la menor, BWV 1041, a cargo del concertino Gergely Kuklis.

La velada terminó como empezó, con una lectura pesante, sin chispa, de la Suite orquestal núm. 1, tocada y dirigida con una concepción bachiana definitivamente enterrada por el paso del tiempo.

Fuente: JAVIER PÉREZ SENZ | ElPais.com

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