Una urbe de nuevo cuño que emerge literalmente de la arena del desierto con rutilantes rascacielos y boutiques de lujo no lo tiene fácil para sacudirse de encima la imagen de Las Vegas, aunque en el Golfo Pérsico (ellos prefieren llamarlo Arábigo) la estética religiosa no permite los casinos.

Y la dificultad es aún mayor cuando lo que se pretende es venderse como destino cultural de prestigio, especialmente si existe una vecina con fama de díscola como Dubai, puro escaparate de marcas caras, a la que se ha tenido que rescatar de la burbuja.

Pero no importa, los jeques de Abu Dhabi han fletado todas sus naves para lograr su objetivo, acaso con el fin de contrarrestar a Occidente con sus propias armas: el turismo y la cultura.

Anoche el emirato de Abu Dhabi hacía su último y certero movimiento en el tablero de la alta cultura al traer a Jordi Savall y su Hespèrion XXI al teatro del hotel más ostentoso de la ciudad.

Savall es el plato fuerte de una temporada de clásica que tras más de una década comienza a atraer público en Abu Dhabi, y a la que este año acude también la Sinfónica de Birmingham.

En términos de prestigio, su aporte es incalculable.

Al violagambista catalán se rindieron anoche jeques, ministros y cabezas visibles de doce embajadas, entre ellas las de Estados Unidos, Alemania, Francia o Italia, aunque con la flagrante ausencia de la española, que no dio señales de vida aún antes de que Savall rechazara hace un par de semanas el Premio Nacional.

Tampoco quisieron perderse el evento los potentados del Golfo. La platea del dorado teatro del Emirates Palace se llenó de túnicas y turbantes procedentes de Oman, Qatar, Bahrein…

Presidía el concierto el ministro de cultura de Abu Dhabi, el jeque Al Nahyan, hijo de Mubarak Al Nahyan.

Él y el príncipe Khalifa, que dirige los Emiratos Árabes como hijo del desaparecido Zayed Al Nahyan (el fundador cuyo rostro ocupa grandes vallas de la ciudad), se han dejado asesorar en lo que atañe a la cultura por el equipo francés que gestionó la franquicia del Louvre, que estará lista en diciembre de 2015.

Si bien la conexión francesa ya emergió con fuerza cuando en 2006 se instaló una Sorbona en la capital de los Emiratos.

Con todo, lo que precede a la apuesta cultural es el gusto por el lujo.

Abu Dhabi tiene dinero de su petróleo y su gas, y quiere demostrar que sabe cómo gastarlos.

Sólo hay que intentar llegar al auditorio de 800 butacas en el grandioso Emirates Palace, una ostanteción de grandeza propia de otros siglos pero construida en 2005.

Lleva sus buenos diez minutos atravesar los grandes salones con cúpulas bañadas en oro -del auténtico- y descender por escaleras que combinan mármol, cristal y hierro.

Ya en el amplio escenario, Savall y sus músicos… de origen turco, búlgaro, sirio, afgano, armenio, griego o de Madagascar, tratan de llegar a una entente con la organización que les pide disponerse de manera que nadie dé la espalda a los laterales de las primeras filas.

Un actor de telenovelas, rostro muy conocido en el país, recitará fragmentos de Ibn Batutta entre pieza y pieza, aunque no se da permiso para sentarse durante el espectáculo… «Yo actúo delante de los jeques, no me siento ante ellos, y mucho menos elevado sobre el escenario», advierte.
Lo increible para esta gente es que Savall no acude a interpretar música occidental.

«Para ellos eso sería como para los Barceloneses ir a escuchar música étnica», apunta Manuel Forcano, director de la Fundación Centre Cultura de Música Antiga (CIMA) y artífice de la narrativa del concierto. «Lo que les ofrecemos es precisamente hacer nuestro programa de los viajes de Ibn Battuta, el Marco Polo del Islam. Empezando con la expansión otomana en Anatolia, en el 1300, y deteniéndonos de momento en su visita a Kabul».

Efectivamente, la visita de Savall tendrá una segunda parte en Abu Dhabi, en 2015, con la continuación de los viajes de Ibn Batutta.

Una mirada atmosférica al próximo y medio oriente de antaño que va cobrando importancia en el repertorio de Savall: «Es un asunto fundamental de la realidad internacional», dice el maestro.

Pero, ¿qué le sugiere a Jordi Savall tanto lujo, con esa hilera de criados inmigrantes que le espera a la salida de su habitación, en el Emirates Palace? «Si todos los gobiernos que tienen medios invirtieran como se está haciendo aquí en cultura, museos y universidades el mundo sería muy distinto.

Sí que hay una afán de demostración de lujo, pero también se conceden becas a estudiantes, e incluso puedes tener una diplomatura que está homologada en la Sorbona».

Y añade: «Es un signo de esperanza que haya una apuesta por la cultura en un país como este».
Cuatro televisiones locales filmaron el concierto de anoche, que también retransmitían la radio nacional y France Music.

Los árabes han financiado además una grabación, pues necesitan inmortalizar el evento en un objeto.

Y cuidado con el contenido, pues estos viajes de Ibn Batutta no dejan nada en el tintero: músicas y lenguas trazan un pasado común, ora en sefardí, ora en turco, griego, árabe… o catalán.

Ese momento llega cuando el viaje coincide con la expedición a Oriente de la Companyia catalana de mercenarios de los Amogàvers.

O más tarde, con la muerte de Ramon Llull suena «Quant ai lo mon consirat» de Ponç d’Òrtafà.

De repente, todo cobra sentido.

Pero para llegar hasta aquí ha habido que sortear fronteras reales, las que imperan hoy en día en países en conflicto.

Tres músicos procedentes de Siria -una laudista de voz espectacular, un flautista y un cantnate- tenían la entrada vetada en los Emiratos, una país donde no existe el asilo político y que teme la llegada de gente que huye de la peligrosa situación sin tener asegurado un modus vivendi en Abu Dhabi.

El gobierno árabe estaba dispuesto a pagar la estancia de otros tres músicos en Barcelona para ensayos con Savall, pero el maestro no se andó con chiquitas: o vienen esos tres o se cancela el concierto.

El jeque los acabó invitando personalmente.

Salir de Siria, no obstante, no es tan fácil.

El flautista explica que ha de partir con días de antelación hacia Damasco por si se cierra la frontera aeropuertuaria.

Algo que le sucedió ayer al cantante que debía interpretar la llamada del muecín en determinadas partes del concierto.

Savall dedicó así la mañana a buscar a un clérigo de Abu Dhabi que asumiera ese papel…

El joven interpelado no daba crédito. ¿Actuar en un teatro? ¿Con mujeres e infieles?

«Yo no soy un cantante», le dijo a Savall. ¿Cómo que no? ¿Si usa el mismo aparato fonador? Pero el hombre no cedió y hubo que buscar a un ‘verdadero’ cantante… que resultó ser un controlador aéreo llamado Ahmed al Mulla que en su tiempo libre compone y canta.

Y la experiencia no pudo salir mejor, teniendo en cuenta que ensayó apenas un par de horas con el grupo de Savall.

Tanto fue así que el jeque no abandonó la premiere a los diez minutos, como podría haber sido el caso, sino que esperó a la media parte.

Parte de la aventura, como es usual en Savall, fue también contactar con algún músico destacado del país y hacerle una audición para ver si convendría incorporarlo a su grupo en determinados repertorios.

El afortunado fue en este caso Faisal Al Saari, un laudista y compositor que de entrada buscó impresionar a su ídolo con unas malagueñas andalusís.

Savall, claro está, prefirió escuchar algo autóctono.
Y a poder ser, con sentimiento.

La prueba reunió a un séquito en el jazz club del Hilton, cuyas modestas diez plantas -fue el primer hotel tras fundarse el país en los años setenta del siglo pasado- se ven totalmente sobrepasadas por impresionantes torres acristaladas que imitan un sky line digno de la Gran Manzana…

Aun cuando esto es el desierto y lo que sobra son hectáreas de arena.

El evento de Savall coincide este fin de semana en el emirato con la Fórmula 1, cuya fiesta nocturna tampoco repara en gastos: el número uno de los dj’s, Armin Van Buuren; Pharrell Williams en el Arena de las Yas Islands mañana, y el domingo los Who.

¿Quién da más?
«Esto es la oferta de entretenimiento, pero cuando hablamos de cultura estamos hablando de tener un Louvre, de erigir también un museo de la cultura tradicional del país, y de completarlo más adelante con un Guggenheim para el arte contemporáneo».

Quien habla es la joven Amnah Ghanim, un ejemplo de modernidad entre la población local.

Licenciada en económicas en Londres y más interesada en trabajar para la cultura que para un banco de inversión, algo en lo que su condición de sobrina de jeque juega muy a favor.

Vestida con la abaya, la túnica que no se cierra por delante, a menos que se manipule para cubrir las piernas, Amnah sostiene que las mujeres que se cubren la cabeza o llevan el niqab, dejando sólo los ojos a la vista, lo hacen en su país por elección personal.

A ella, en todo caso, no se le pasaría por la cabeza.

Al menos no como costumbre, aunque sí se la vio con un pañuelo al salir a escena a entregar los ramos de flores a los artistas.

Un fin de fiesta ‘ad hoc’.

http://www.overgrownpath.com/2014/10/jordi-savalls-bold-gesture-leaves-me.html
Fuente La Vanguardia.com | Escrito por MARICEL CHAVARRIA

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